Bolivia, Chile II, (Llica, Salar Uyuni, San Juan, S.
Pedro Atacama) 504 km, 4294 m+
“Todavía hay noches, todavía hay vientos que agitan los
arboles y corren a lo largo de nuestras tierras. En el mundo de las cosas y en
el de las bestias, todo está lleno de acontecimientos en los que usted puede
participar.”
Rilke, Cartas a un joven poeta.
En la entrega de esta semana descubrirán las aventuras de
un rodamundos que decide cruzar un desierto de sal y otro de arena pertrechado con
su bicicleta y cinco macutos. Algunos le llamarán loco, pero cuando descubran
que disfruta haciéndolo todos le llamarán masoquista.
Llica es un
pueblo típico boliviano. Sus calles vacías a la mañana se llenan de vida y frio
al atardecer. La pasan en la chacra sembrando quinua, es la temporada. Acá
disfrutamos de un merecido descanso, y mas teniendo en cuenta que el pelotón
anda medio con gripe y con alguna cagalera inoportuna de última hora.
Vemos mapas,
compartimos anotaciones de otros viajeros y conversamos una y mil veces acerca
de la comida que debemos de llevar, de cuanto agua necesitaremos, de las
temperaturas que vamos a soportar y……… vuelta a empezar. Algo tenemos claro,
físicamente el recorrido va a ser duro, pero sicológicamente lo va a ser mas.
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Foto Corinne |
Abastecidos
con mas de diez kilos de víveres partimos de Llica. Rodados unos pocos
kilómetros nos adentramos en la banquisa salina. Ya estoy sobre el Salar de
Uyuni, el mas grande de los salares del planeta. Tantos libros leídos de los
exploradores polares y ahora siento estar sobre un mar de hielo, siento rodar
sobre una superficie que en cualquier
momento se puede quebrar e ir a la deriva. Pero no, bajo mis ruedas mas de doce
metros de sal bien firmes.
Rápidamente
desparece el piso pulido convirtiéndose el salar en un inmenso puzle de piezas
poliédricas. Un continuo vibrar agarrado al manillar de la bici, cada pieza no
ensambla perfectamente con la anterior, nos traslada sobre el inmenso océano
blanco. El horizonte estático y curvado. Allá donde se une el blanco y el azul,
nada pasa. Tierra a la vista!!! se oye gritar. Observamos la Isla del Pescado
mostrándose en la lejanía. Una pequeña
mancha negra se convierte en nuestra brújula.
Ya en las
postrimerías del día, setenta kilómetros después, llegamos a la Isla Incahuasi.
Estamos en un paraíso para los cactus y también para los turistas que llegan a
mansalva en sus todoterrenos. Aquí conseguimos agua y techo. Pero algo pasa,
nuestras piernas están extenuadas, doloridas, maldita vibración poliédrica.
El salar me
roba toda la energía, el simple hecho de estar aquí me deja baldado. Hay algo
en este lugar que no me deja sentirme bien, me roba las fuerzas, me siento incómodo.
No lo entiendo. El caso es que tras dos días de travesía lo abandonamos. Una
mirada hacia atrás me muestra como los rayos del sol crean un espejo gaseoso sobre la blanca superficie.
Una imagen mas cerca de las fantasía, que de la realidad. Me voy de aquiiiiiii.
En un par de
días mas nos presentamos en San Juan y tomamos medio día de descanso. La escuela nos acoge y aprovechamos para hacer las
últimas compras. Uyuni quedó atrás, pero ahora viene lo realmente duro.
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Venga majo, menos hablar y mas hacer. |
La historia
se repite. Recorreremos la parte sur oeste de Bolivia, es la denominada ruta de
las lagunas, el Sur Lipez, una zona remota, unos 350 kilómetros sobre pistas en
malísimo estado, sin posibilidad alguna de abastecernos de comida, en la noche
las temperaturas serán inferiores a los -15ºC, estaremos por encima de los 4000
metros a diario y alcanzaremos los 4900 metros en alguno de sus pasos, habrán
ocasiones donde deberemos de cargar agua para mas de dos días. Con estos
condicionantes necesitamos portar víveres para al menos ocho días. Así que con
las bicis limpias, engrasadas y las ruedas un poco deshinchadas, como mandan
los cánones, partimos hacia lo desconocido.

Con el
chisporrotear de las ruedas quebrando una fina capa de sal abandonamos San
Juan. Una extensa planicie se extiende hacia un lejano horizonte de montes y
volcanes esparcidos al antojo de un lanzador de dados. Se elevan dócilmente en
acuerdo con las nieves que espolvorean las cimas de los mas altos. Algunos con
el cráter quebrado por el paso del tiempo y la erosión del viento muestran entre
sus muros, que antes contuvieron fuego, esponjosas piedras en una amalgama de
tonos cobrizos.

Último punto
de agua en al menos dos días!!!!!! Tomamos agua de los contenedores metálicos
de un cuartel. El sargento nos advierte, “esta agua no es bueno, pero si lo
dejáis reposar y lo ponéis al sol quizás no os haga daño”. Diez litros cada
uno, diez pastillas potabilizadoras y mas carga para la burra. En las alforjas
delanteras coloco las botellas de dos litros simulando los torpedos de un
submarino. Este peso extra (intento
evitar que la rueda trasera sufra aun mas por el peso y reviente radios) va a
convertir a Abisinia en una bestia indomable. El manillar girará bruscamente a
cada encuentro con una piedra y su rueda se clavara aun mas en el terreno. La
inexperiencia es un grado.

Los diez
kilómetros de ascenso al alto nos van a llevar una tarde y media mañana, el 90%
del tiempo empujando la bicicleta. En el empeño adopto el escorzo del matador
de toros en el justo momento de entrar a matar. Agarro la bici por los cuernos
y empujo, el camino se torna angosto y trepamos con dificultad resbalando
continuamente entre piedras sueltas. Avanzamos en silencio.
Los pies a
tierra, los pulmones tratan de recuperar su ritmo habitual. Antes de que el
atardecer nos traiga el frio buscamos un cortavientos y aprovechamos muretes de
piedras levantados por vete tu a saber quien. Tras este desproporcionado
esfuerzo un té caliente, cenamos y al saco.
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Haciendo pesas. Foto Joseba |
Noche
difícil, las voces del viento se introducen como sollozos entre los huecos del
muro e intento dormir mecido por un continuo bamboleo de la carpa.
El día
comienza de manera extraña y no sé porqué. Voy llegando siempre rezagado. Ya en
laguna Hedionda confirmo que no me encuentro bien. Las zapatillas (que no lavé
bien) partidas literalmente por la sal, se unen al malestar. Acá portamos agua
de nuevo para otros dos días mas, un extra peso que hace partir un radio de la
rueda trasera, seguimos adelante y justo en la parada de la comida…..como diría
el Yosi “malas noticias”. La braga que cubría mi cuello en los viajes desde
hace mas de 22 años, regalo del Germánico, estaba colgada del manillar y se ha
volado. No pasa nada, el paisaje es muy lindo y seguimos progresando entre
coloridas lagunas.

Atrapados en
un mar de arena y envueltos en cansancio retrocedemos para acampar entre un
montón de piedras colosales. Montamos la carpa con avidez, el sol se esconde y
llega el frio, enciendo el infernillo, algo caliente por favor, y dos minutos más tarde….chof, se jodió
también. Aterido, me acerco a la tienda de los vecinos que me calientan una
sopa, con el agua sobrante un té y adentro. Cuando cierro la carpa la
cremallera no responde, se ha roto y la puerta queda abierta. Así son los días,
no va a ser todo malo.

Hoy la
mañana aparece tras un horizonte mellado, las primeras luces se reflejan en la
laguna desperezando a los flamencos que aún
permanecen agazapados formando un anaranjado islote de plumas. Hoy hace cuatro
días que me tragó este lindo “mundo”. Después de otro difícil arranque mañanero
coronamos el primer paso del día, por delante seis kilómetros de bajada que
espero me animen un poco. Todo lo contrario, son seis kilómetros de empujar, de
dibujar pedaladas en el vacío, de subir
a la bici una y otra vez intentando hacerla rodar. Imposible, las ruedas se
hunden en la arena y zozobran en el
intento aumentando mi castigo.

En un
determinado momento me siento superado por la naturaleza, me siento minúsculo y
frágil ante todo lo que me rodea. Miro lentamente mi entorno y observo la cruda
belleza del lugar. Creo que no podre salir de aquí por mis medios. Estoy superado. Razono conmigo mismo, me paro y hablamos. “Jorge,
a pesar del dolor de espalda y la impotencia que te invade debes seguir adelante”.
Calma, tranquilidad y una lentitud extrema en cada uno de mis movimientos es la
táctica a seguir.
Comienza una
zona empedrada que se alterna con una corrugada ruta, mi espalda chilla. Esfuerzo, mas esfuerzo. Cada pedalada
que doy me debilita, al mismo tiempo me fortalece, estoy avanzando. Me invade
el recuerdo de los míos, de los que están y de los que faltan, de los mayores y
de los que acaban de llegar. Mis labios comienzan a tiritar, los muerdo tratando
de contener las lágrimas. Pasan mas de dos horas sumido en este trámite, en
esta continua e intensa conversación cuerpo-mente.
“Lo
esencial para la dicha es la completa dignidad del sentimiento, incluso en el
dolor”.
Auguste Compte
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La ruta me engulle |
Levanto la
mirada y observo un dinosaurio metálico. Una excavadora en mitad de la nada
anuncia un trabajo de mantenimiento en la pista. Me acerco, hablo con el
conductor y terminamos abrazados. Acaba de alisar 20km de pista que me harán la
vida mas fácil, que me harán vivir mas tranquilo. Estoy salvado.
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Antes y despues. |
La cama
modelo “sarcófago” en la que dormí dos noches en Llica, el continuo balanceo
sobre terrenos de calamina y el repetido empuje de la bicicleta me dejan la
espalda para tirarla. Tengo la sensación de llevar colgado un ratón mordiendo
uno de los músculos de mi espalda, cargo con un doloroso nudo que al menos me
deja dormir.
“Las llanuras
eran mares de arena y ripio recién peinados. El sol levantaba sobre ellas una
bruma que difuminaba la figura del horizonte. Las lomas caían tan suaves como
el vuelo de una falda sobre lagunas y salares.
Navegaba un paisaje modelado por el viento y el silencio”.
Del diario de Van Birloq
Avanzamos
hacia el árbol de piedra y de allí, animados por la mejoría de la ruta, hasta
la entrada al parque. Trámites y pagos, y mientras tanto me gano la confianza
de uno de los guardas. Aurelio, a pesar de la oposición de sus compañeros nos
deja un techo, una habitación en el barracón. Hoy tendremos electricidad,
escucharemos música y no soportaremos la helada noche sobre nuestras carpas.
Con legañas
y prisas partimos bien temprano a la mañana, viene el jefe de Aurelio y él se
la está jugando. La calle esta helada y pertrechados con toda la ropa de abrigo
cruzamos frente a la laguna Colorada. Los flamencos nos miran desperezándose,
“donde va estos tan pronto?” se preguntan. Y es que el Aurelio va por el lado más bestia de la vida. Gracias compañero.
La pista
ondulada, como un tejado de uralita, por el paso de los carros nos hace
enfrentarnos a kilómetros de balanceo. Mecidos por este oleaje de tierra y
arena avanzamos buscando siempre la
mejor opción, mejor decir, la mejor escapatoria. Rodamos entre praderas de
arena donde podemos elegir entre mas de cinco trazadas diferentes. Cada
trazada, del ancho de un neumático, son dos ruedas, esto suma diez posibilidades
de camino, una autentica telaraña de rodadas.
Joseba es
nuestro rastreador, de repente frena, se yergue, eleva la mirada, empuja la bici
dos metros mas allá y de nuevo encuentra la mejor de las trazadas, tiene el don
de encontrar la menos mala. Esta continua atención en el sendero te agota y no
te deja admirar el paisaje. Cualquier excusa es buena para parar, levantar el
rostro y llenarte de espacio, de horizonte.
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Foto Corinne |
Estos
últimos días estamos acompañados en la ruta por los jeep de los gringo-turistas.
El lugar es de gran encanto y son muchos los que no quieren perdérselo. Para
ellos, cuando nos observan tras los cristales, somos casi como habitantes del
Olimpo y si ya nos ven en plena faena esforzándonos en cruzar una zona arenosa
o ascendiendo algún monte paran, bajan las ventanillas y aplauden desde el
interior al son de un griterío coral similar al
uauuhhhhhhh, yaeahhhhhhh.

Una vez remontados
mas de 800 metros de desnivel por estos caminos, elegimos agarrar el camino
menos bueno y empujamos entre ripio durante un kilometro, a 4900 metros de
altitud, nuestro tanque de ochenta kilos. Recuperamos la pista principal y el
viento se alía con nosotros, acabamos subiendo el alto con plato grande y una
velocidad de esprínter. Bajadón kilométrico donde me la juego entre las dunas
que se forman en la carretera. La bici coletea sobre la arena como en la
entrada a la curva Bugatti. No siempre soy capaz de controlarla y la
combinación velocidad arena me llevan un par de veces a slir despedido por
encima del manillar haciendo piruetas en el aire. La cuneta de arena me recibe.

Nuestros
huesos acaban en la laguna Chaviri, ha sido un día épico, mas de siete horas
casi sin descanso tienen como recompensa un bañito taciturno en la mejor de las
termas que hemos encontrado en el camino. Además Filemón nos regala una noche a
cubierto entre las mesas de su restaurante para turistas, eso si mañana a las 5
a.m. despiertos. Hay que recoger para que cuando lleguen tengan las mesas
libres. Ese día salimos bautizados como el equipo “Los Tenazas”, solo con una
tenacidad de acero se es capaz de superar días como estos en los que estas
subido en la bici desde el amanecer hasta el fin del día. No os perdáis la otra parte de los Tenazas, dos grandes relatos. El primero link , y el segundo link .
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Jardin de Dali, al fondo. |
Mi capacidad
descriptiva en un espacio como este es limitada, se hace mas pequeña de lo que ya era. Lo mismo le
pasa a la cámara de fotos, ante tanta inmensidad su objetivo no tiene la capacidad
de abarcar este panorama. No soy capaz de mostrar en ambos casos la verdadera
dimensión del lugar.
En el
programa de una agencia de viajes para hoy diría algo así como….. “Comenzaremos
el día con un baño en las termas Chaviri desde donde podremos observar el
amanecer rodeados de flamencos, después del desayuno visitaremos el jardín de Dalí,
majestuosa formación calcárea ……desde donde se puede observar la majestuosidad
del volcán Licamcabur y terminaremos la jornada cruzando las lagunas Verde y
Blanca.”
Nosotros un día
mas acompañados de un viento de cara y una pista arenosa disfrutaremos lo que
podamos de todos esos paisajes tan lindos.
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Licancabur |
Llegamos a
la puerta del parque, encontramos cama en el refugio y me olvido de la
ascensión al volcán Licamcabur, no es que no quiera, es que no puedo. No
encuentro energía para levantarme a las tres de la madrugada y comenzar la
ascensión en la fría noche, nooooooooooooo. Solo quiero salir de aquí, doce
kilómetros me separan del asfalto y de la bajada.
Abisinia parece tan fatigada como yo y traza garabatos
sobre el suelo incapaz de dibujar una línea recta con sus ruedas. Además se va
haciendo mayor y ha perdido su primer
diente del plato mediano. Incesantemente me pregunta por el ratoncito Pérez.
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Foto Corinne |
Rodeados de
la majestuosidad de los Andes, con volcanes a oriente y occidente, avanza el
crepúsculo. El cielo violáceo torna a negro apagando las sombras, acunado por
un perenne cansancio duermo. Mientras, tras la loma se levanta mas femenina que
nunca la luna llena.
Quizás la
quinua tenga alguna sustancia narcótica en su composición. No encuentro otra
explicación a la tormenta de alegría que nos invade en los desayunos. Te
levantas cansado, demasiado pronto, con mucho frio, y aun así este continúa
siendo un momento teñido de humor. Un humor que por momentos es dañino. Las
risas a mas de 4000 metros hacen que te falte el oxigeno provocando agudos y
dolorosos pinchazos en los pulmones. Pero que le vas a hacer si uno no puede
parar. Buen rollito Carrete.
Tanto en
casa como en el barrio los motes siempre fueron algo habitual. A mi
personalmente me gustan mucho siempre que se pongan desde el respeto. El mote
además de nominar es descriptivo. Bueno, pues eso, que si lo de tener nombre la
bici nunca fue algo que me convenciera mucho, Abisinia ahora ya tiene mote y
eso me mola mas. La llamo “La Quitapenas” y a mi por el conjuntito que luzco
últimamente me podían llamar el “Airgamboy”, pero eso es otra historia.
Que también
me gustaría hacer un homenaje, una vez mas, a ese ensamblaje de hierros y
alambres llamado bicicleta, que me admiro de ver la carga que transporta y como
responde fielmente día a día a nuestras
exigencias.
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Relincho de alegria, he visto el asfalto. |
El abandono
de la altitud y una bajada de 42km consecutivos hacen que mis pedaladas suenan
por bulerías llegando al oasis de San Pedro de Atacama. Hacía casi un mes que
no rodaba por asfalto. Aparece el calor y el color de las primeras mariposas a
medida que pierdo altitud. Han sido días de extrema dureza y de extrema
belleza. Lo volvería a hacer.
Con la
llegada a Chile llego al mundo moderno, al mundo globalizado donde todos somos
iguales en aspecto y costumbres, donde comprendes que vivimos en un mundo en el
que se han perdido las costumbres, las raíces. Aprovecho para despedirme y
agradecer al pueblo andino con el que he compartido mas de cinco meses. A ese
pueblo que vive en armonía con la tierra, a ese pueblo que desde su aparente
lentitud tanto me ha enseñado, entre otras cosas, el valor de la hospitalidad.
Un millón de gracias, y mil veces agradecido.

Acuñando una
frase de los Hemanos Marx que mas tarde utilizarían los Leño seguimos adelante.
Así que MAS MADERA!!!!!!!, el cruce a Argentina podría ser mas sencillo, por
asfalto y llegando a una acogedora ciudad colonial como Salta, pero no. Eso no
es remoto, hay mas tráfico, las vistas no son tan espectaculares ………cualquier
excusa es buena para decidirnos a cruzar por otra pista, de nuevo mas de 300 km
sin asfaltar, viviremos por encima de los 4000m y aprovecharé para empalmar con
otra quebrada que me elevara al Abra Acay, el paso mas alto de Sudamérica
con 4965 metros de altitud. El sentir
“pégame chula, me gusta tu rollo” sigue alojado en mi sangre. Ahhhhhh olvidaba y
el cruce del Trópico de Capricornio.
El camino hacia
el sur continua por senderos remotos.
Desde el mar
muerto de mi cielo, entre la gran llanura de Sodoma y Gomorra, allí donde la
curiosidad te convierte en estatua de sal. Un nutritivo abrazo mis masi.
"Absurdos eramos, locos seguimos". De este modo define mi compañero "el Arthur" la actitud del rodamundos una vez terminado este mismo recorrido. Que bueno primo.